sábado, 6 de marzo de 2010

Reflexiones sobre la lectura (III)

La literatura como fascinación.

Al hilo de lo escrito anteriormente en referencia al laboratorio de Amigos, secretos, besos y miedo de que hay que conseguir que los jóvenes lean porque la lectura les llegue a apasionar, Gustavo Martín Garzo, en su ponencia titulada “La literatura como fascinación”, nos da las claves para comprender ese deseo y ese placer que se encuentra en los libros infantiles y juveniles, cómo se experimenta el deseo de encontrar tesoros que tienen los niños más pequeños, cuando te sumerges en el maravilloso mundo de los libros.

Lamentablemente en este texto tampoco nos da instrucciones para conseguirlo, simplemente (y no es poco) nos muestra esos caminos inexplorados hacia los que avanzamos al leer y que tanto se asemejan con el mundo que imaginan los más pequeños, cuando juegan, inventan, imaginan…

El deseo de contar historias y la propia necesidad de hacerlo por parte de los escritores, de las madres o de los educadores, por el mero hecho de sentir como la historia que se cuenta penetra en el niño y podemos percibir como da rienda suelta a la imaginación, es lo que el denomina la propia fascinación de la lectura y es eso, como decía unos párrafos más arriba, lo que se ha de tratar de conseguir con los lectores juveniles.

Despertar su deseo de seguir explorando, de curiosear, de ver otros mundos, de sentir sus emociones, de contemplar otras vidas y hacerles entender que no deben aprender nada con ello (todo lo que aprendan les acompañará toda su vida), sino que solamente tienen que disfrutarlo, sentirlo, vivirlo. Se debe intentar conseguir que esta actitud les acompañe cuando caiga en sus manos un libro, cuando alguien mencione un título o cuando se estudie una obra en clase. Cualquiera que sea aquello que se trate, en los diferentes contextos, tiene que hacer despertar su curiosidad, sus ganas de ir más allá a buscar qué a movido a ese personaje a hacer lo que dicen que ha hecho o por qué ha pasado aquello que nadie esperaba que sucediera…

Aunque no parece estar muy de acuerdo el escritor Gustavo Martín Garzo, me siento en la obligación, para concluir con la reflexión, de mostrar otro forma de fascinación que nos encontramos en la lectura: la capacidad de vivir otras vidas, o dicho de otra manera, la capacidad de empatizar en situaciones que ni de lejos podríamos experimentar en primera persona. La lectura nos abre esa puerta a un mundo diferente, lejano, extraño para nosotros, y a través de ella, como si se tratara de un salvoconducto nos permite entre otras muchas cosas (viajar y conocer un paisaje exótico), sentir unos sentimientos que no nos pertenecen.

En este sentido, los lectores somos usurpadores. Perdemos el miedo a lo ajeno y arrasamos con ello, nos lo llevamos a nuestro terreno.
Cierto es que el cine también nos ofrece esta posibilidad, pero he de mostrar el matiz que los diferencia. Así como en la pantalla nos muestran a un actor con sus rasgos físicos, con su método interpretativo y sobre un decorado elegido por un equipo de dirección artística, en las páginas de un libro somos los lectores quienes tenemos la última palabra en decidir cómo es lo que leemos. A todos nos ha pasado alguna vez que tras leer un libro hemos visto la película y nos ha decepcionado. En parte, aunque siempre o casi siempre una película pierda la esencia del texto, es porque los personajes no son ni por asomo a cómo nosotros nos los habíamos imaginado, y de la misma manera, el chasco sería igual para otros lectores si fuésemos nosotros mismos quienes nos encargáramos del cásting de la película. Cada lector representa en su cabeza y con un imaginario distinto lo que le transmiten los textos. No hay dos Ana Ozores igual ni aunque todos tengamos en la cabeza el cándido rostro de Aitana Sánchez-Gijón.

Reflexiones sobre la lectura (II)

Amigos, Secretos, Besos y Miedo. O cómo seleccionar lecturas para el público juvenil.

Parece ser que en un intento de clasificar todo aquello que nos rodea, ya que el ser humano tiene especial interés en realizar esta actividad en todos los ámbitos de su vida, la literatura no se queda fuera de dicho cometido y necesita de esas clasificaciones, tan útiles para los bibliotecarios, para servir de instrumento y herramienta básica en la difícil tarea de seleccionar obras para el más difícil de los públicos: el juvenil.

Me refiero al público juvenil como un segmento difícil ya que es evidente que es en esa etapa cuando podemos ganar o perder lectores. Los niños pequeños, cuando aún ni siquiera saben leer, ya demandan la lectura de cuentos y casi siempre (pese a que tengan sus favoritos que tienen que ser leídos día tras día por los cansados padres), les vale cualquiera. No demandan una selección de textos acorde a sus gustos ya que les gusta que les cuenten historias, sean cuales sean, de temas diversos, mejor o peor elaboradas, etc.

Con los lectores adultos tampoco hay problema alguno. Leerán en la medida de sus gustos, intereses y apetencias sin que nadie tenga que empujarles a ello, y a veces, puede que se dejen aconsejar por el librero o bibliotecario de turno o incluso por un amigo o por una reseña de un periodista en la prensa.

Desgraciadamente con el público juvenil no tenemos esa suerte y es por ello por lo que se intenta de todas las formas posibles atrapar a los chavales con el fin de que se enganchen a la lectura.

Para conseguir este ansiado fin, la autora del laboratorio, Villar Arellano, pretende que el profesor o bibliotecario clasifique los libros de acuerdo con lo que se han definido como gustos o focos de interés de los jóvenes: amigos, secretos, besos y miedo y a partir de éstos, trazar un itinerario de lecturas que realmente les puedan gustar y que les sirvan de puente o enlace hacia otras distintas, intentando que los chicos queden atrapados en la espectacular tela de araña de la lectura.

Este método puede resultar bastante eficiente pero también puede traer algún que otro problema a los profesores de literatura y es que los chavales, motivados únicamente con aquello que les seduce, pueden dejar de leer otros tipo de textos, menos atractivos para ellos y que son necesarios para su formación académica.

Quizás, si pudiéramos hacerles divertidas estas lecturas “clásicas” lograríamos que los jóvenes no vieran la literatura como algo aburrido y obsoleto, pero para ello hay que buscar la fórmula secreta de esa codiciada receta.

Claro está que el chico que ama la lectura, aunque en su etapa adolescente pueda parecerle tedioso leer La Regenta, Pedro Páramo o Veinte poemas de amor y una canción desesperada, cuando sea mayor es muy probable que vuelva a recurrir a esas lecturas que en su momento quizás le quedaran grandes bien por su madurez o simplemente por el número de páginas de las mismas, y seguro que ese adolescente, también disfrute con otras tantas lecturas obligatorias quizás de contenido más ameno, divertido o atrayente como Crónica de una muerte anunciada, El sombrero de tres picos o Luces de Bohemia.
Pero en este caso, no es este chico el que nos preocupa, sino el desinteresado totalmente por la literatura y por los libros, y es a éste al que tenemos que convencer, persuadir y animar.

Los itinerarios son una buena opción, creados para ir tirando del hilo y consiguiendo pasar de una lectura a otra, sin apenas esfuerzo, ya que si se trata de itinerarios bien trazados, el lector irá demandando el texto siguiente aún sin darse cuenta.

Empezar por amigos, secretos, besos y miedo puede ser una muy buena opción, ya que al ser una clasificación tan global, puede abarcar mucha literatura, por no decir casi toda. La destreza del que enseña, su conocimiento sobre el mundo de las letras y el deseo de conseguir buenos resultados serán los elementos encargados de conseguir el resto.

martes, 19 de enero de 2010

Reflexiones sobre la lectura. (I)

Parece ser que en un intento de clasificar todo aquello que nos rodea, ya que el ser humano tiene especial interés en realizar esta actividad en todos los ámbitos de su vida, la literatura no se queda fuera de dicho cometido y necesita de esas clasificaciones, tan útiles para los bibliotecarios, para servir de instrumento y herramienta básica en la difícil tarea de seleccionar obras para el más difícil de los públicos: el juvenil.

Me refiero al público juvenil como un segmento difícil ya que es evidente que es en esa etapa cuando podemos ganar o perder lectores. Los niños pequeños, cuando aún ni siquiera saben leer, ya demandan la lectura de cuentos y casi siempre (pese a que tengan sus favoritos que tienen que ser leídos día tras día por los cansados padres), les vale cualquiera. No demandan una selección de textos acorde a sus gustos ya que les gusta que les cuenten historias, sean cuales sean, de temas diversos, mejor o peor elaboradas, etc.

Con los lectores adultos tampoco hay problema alguno. Leerán en la medida de sus gustos, intereses y apetencias sin que nadie tenga que empujarles a ello, y a veces, puede que se dejen aconsejar por el librero o bibliotecario de turno o incluso por un amigo o por una reseña de un periodista en la prensa.

Desgraciadamente con el público juvenil no tenemos esa suerte y es por ello por lo que se intenta de todas las formas posibles atrapar a los chavales con el fin de que se enganchen a la lectura.

Para conseguir este ansiado fin, la autora del laboratorio Amigos, secretos, besos y miedo. O cómo seleccionar lecturas para el público juvenil, Villar Arellano, pretende que el profesor o bibliotecario clasifique los libros de acuerdo con lo que se han definido como gustos o focos de interés de los jóvenes: amigos, secretos, besos y miedo y a partir de éstos, trazar un itinerario de lecturas que realmente les puedan gustar y que les sirvan de puente o enlace hacia otras distintas, intentando que los chicos queden atrapados en la espectacular tela de araña de la lectura.

Este método puede resultar bastante eficiente pero también puede traer algún que otro problema a los profesores de literatura y es que los chavales, motivados únicamente con aquello que les seduce, pueden dejar de leer otros tipo de textos, menos atractivos para ellos y que son necesarios para su formación académica.

Quizás, si pudiéramos hacerles divertidas estas lecturas “clásicas” lograríamos que los jóvenes no vieran la literatura como algo aburrido y obsoleto, pero para ello hay que buscar la fórmula secreta de esa codiciada receta.

Claro está que el chico que ama la lectura, aunque en su etapa adolescente pueda parecerle tedioso leer La Regenta, Pedro Páramo o Veinte poemas de amor y una canción desesperada, cuando sea mayor es muy probable que vuelva a recurrir a esas lecturas que en su momento quizás le quedaran grandes bien por su madurez o simplemente por el número de páginas de las mismas, y seguro que ese adolescente, también disfrute con otras tantas lecturas obligatorias quizás de contenido más ameno, divertido o atrayente como Crónica de una muerte anunciada, El sombrero de tres picos o Luces de Bohemia.
Pero en este caso, no es este chico el que nos preocupa, sino el desinteresado totalmente por la literatura y por los libros, y es a éste al que tenemos que convencer, persuadir y animar.

Los itinerarios son una buena opción, creados para ir tirando del hilo y consiguiendo pasar de una lectura a otra, sin apenas esfuerzo, ya que si se trata de itinerarios bien trazados, el lector irá demandando el texto siguiente aún sin darse cuenta.

Empezar por amigos, secretos, besos y miedo puede ser una muy buena opción, ya que al ser una clasificación tan global, puede abarcar mucha literatura, por no decir casi toda. La destreza del que enseña, su conocimiento sobre el mundo de las letras y el deseo de conseguir buenos resultados serán los elementos encargados de conseguir el resto.

La infancia perdida. Itinerario de lecturas.

El enfoque de este trabajo presentado bajo el título de “La infancia perdida” intenta cubrir algunos de los objetivos de la etapa en Educación Secundaria Obligatoria que están patentes en el currículo:
- Conocer, asumir y ejercer sus derechos y deberes en el respeto a los demás, practicar la tolerancia, la cooperación y solidaridad entre las personas y los grupos, ejercitarse en el diálogo afianzando los derechos humanos como valores comunes de una sociedad plural, abierta y democrática.
- Fomentar actitudes que favorezcan la convivencia y eviten la violencia en los ámbitos escolar, familiar y social.
- Valorar y respetar, como un principio esencial de nuestra civilización, la igualdad de derechos y oportunidades de todas las personas, con independencia de su sexo, rechazando cualquier tipo de discriminación.
- Conocer los aspectos fundamentales de la cultura, la geografía y la historia de España y del mundo; respetar el patrimonio artístico, cultural y lingüístico; conocer la diversidad de culturas y sociedades a fin de poder valorarlas críticamente y desarrollar actitudes de respeto por la cultura propia y por la de los demás.
- Analizar los mecanismos y valores que rigen el funcionamiento de las sociedades, en especial los relativos a los derechos, deberes y libertades de los ciudadanos, y adoptar juicios y actitudes personales respecto a ellos.

Estos objetivos se intentarán conseguir llevando a los alumnos por un itinerario de lecturas adecuadas a su edad y curso (4º de la ESO) a partir de una lista de lecturas que han servido para trazar el tema principal de este trabajo.

Las lecturas han sido las siguientes:

- “El niño del pijama de rayas” de John Boyle.
- “El tiempo y la promesa” de Concha López Narváez.
- “La tierra del sol y la luna” de Concha López Narváez.
- “Bajo la fría luz de octubre” de Eloy Cebrián.

Pese a no ser el tema central de ninguna de las novelas anteriores, el tema de este trabajo se ha basado en una lectura transversal o subyacente aparecida en tres de los cuatro libros y que ha dado nombre al título de este trabajo.

En tres historias, los niños o adolescentes han sufrido una pérdida de su infancia o juventud y es por ese camino por el que vamos a seguir con los alumnos. Se tratará de encontrar libros en los que los protagonistas hayan sufrido historias similares, tratando de este modo, de concienciar a los jóvenes lectores con temas siempre presentes y que constituyen una verdadera lacra social desde tiempo atrás hasta nuestros días.

El niño con el pijama de rayas. John Boyle.
Cuenta la historia de Bruno,un niño de nueve años hijo de un comandante nazi, que por motivos de trabajo del padre se muda junto a su familia al campo de concentración de Ausbitz. Allí conoce a Schmuel, un niño polaco que vive en el campo de concentración. Ambos niños entablan una amistad con la alambrada de por medio, una alambrada que marca la separación de dos vidas muy distintas pero que tienen un mismo trágico desenlace.

El tiempo y la promesa. Concha López Narváez.

En 1492 los Reyes Católicos obligan a los judíos residentes en España a que abandonen el país si no se convierten al cristianismo. Juan, quien a los quince años descubre que vive en una familia de falsos cristianos y que por lo tanto, él también lo es (con la incertidumbre que le crea esta nueva situación con la que no está muy de acuerdo) tiene que dejar atrás su ciudad, Vitoria, y sus amigos, después de que en la ciudad una terrible enfermedad se llevara a su madre y a otros vecinos y que los médicos judíos alargasen hasta el último momento su estancia para tratar de salvar las vidas de sus convecinos. Una novela histórica que se desarrolla en la ciudad de Vitoria en el año 1492. Los judíos tienen que salir para siempre de las tierras de España; pero algo sucede para que la salida se retrase en Vitoria. Éste es un relato de odios y rencores, pero también lo es de comprensión y de tolerancia; sobre todo es una historia de amistades y fidelidad. Un pueblo hace a otro pueblo una promesa que jamás ha sido quebrada.

Bajo la fría luz de octubre. Eloy Cebrián.

Es el relato a través de los ojos de una niña de los hechos que desencadenaron la Guerra Civil española y sus consecuencias. La protagonista, Maruja, hija de un comerciante republicano, vive el miedo, el hambre y la miseria de una guerra y posguerra, además de ser estigmatizada por ser hija de un rojo en un país en el que los vencedores tienen deseos de venganza y de contar la historia como ellos creen que fue.

En primer lugar, es conveniente explicar el por qué de ese concepto de infancia perdida o qué es lo que entiendo por esta designación.

La infancia perdida hace referencia a los individuos cuya vida ha sido truncada por diferentes motivos no pudiendo disfrutar de una infancia o juventud “normal”, feliz o, simplemente, como la mayoría de los niños u adolescentes del llamado Primer Mundo.

Estas historias que se narran en los libros que a continuación citaré, son tratadas de diferente manera dependiendo de la época de la historia en la que hayan sido escritos, ya que, como veremos, es bastante reciente la Declaración de Derechos del Niño y, por tanto, el trasunto humano al respecto en algunos textos puede llegar a ser nulo.

Por un lado, hay que mencionar que desde la mitología griega y romana tenemos ejemplos de niños abandonados por sus padres haciendo que esta circunstancia marque sus vidas para siempre. Tal es el caso de Edipo (Edipo era el hijo del rey de Tebas y al nacer, el Oráculo de Delfos auguró a su padre, Layo, que el niño, una vez adulto, le daría muerte y desposaría a su mujer. Layo, queriendo evitar tal destino, ordenó a un súbdito que matara a Edipo al nacer. Apiadado de él, en vez de matarlo, el súbdito lo abandonó en el monte Citerón. Un pastor halló el bebé y lo entregó al rey Pólibo de Corinto. Peribea o Mérope, la esposa de Pólibo y reina de Corinto, se encargó de la crianza del bebé, llamándolo Edipo, que significa ‘de pies hinchados’ por haber estado colgado.
Al llegar a la adolescencia, Edipo, por habladurías de sus compañeros de juegos, sospechó que no era hijo de sus pretendidos padres. Para salir de dudas visitó el Oráculo de Delfos, que le auguró que mataría a su padre y luego desposaría a su madre. Edipo, creyendo que sus padres eran quienes lo habían criado, decidió no regresar nunca a Corinto para huir de su destino. El resto de la historia es conocida por todos y está recogida en “Edipo Rey“, de Sófocles).

También en la mitología griega está Ión. Según cuenta Eurípides, Apolo seduce y deja embarazada a Creusa, hija de Erecteo. Creusa expuso (abandonó) al hijo que engendró, Ion, en los pies de la Acrópolis, quejándose de la injuria del dios por dejarla preñada y abandonada.
Hermes trasladó el niño a Delfos, donde fue criado por la pitonisa, siendo sirviente del templo. Creusa se casó con Juto, como premio a éste por guerrear al lado de los atenienses, pero este matrimonio no tuvo hijos, por lo que acuden a Delfos a pedir consejo.
El oráculo asegura a Juto que Ion es su hijo. Posteriormente descubre que es hijo de Creusa y Atenea le revela que es hijo de Apolo.
Juto vivió pensando que era su hijo. Ion será rey de Atenas; Juto y Creusa tendrán dos hijos: Doro y Aqueo.

La mitología romana cuenta la historia de Rómulo y Remo. Numitor era el rey de una ciudad de Alba Longa. Fue destronado por su hermano Amulio, quien lo expulsó de la ciudad, y procedió a matar a todos sus sobrinos varones excepto a su única sobrina Rea Silvia. Como no quería que Rea Silvia tuviera hijos la obligó a dedicarse al culto de Vesta asegurándose de esta forma de que no los tuviera. Sigue narrando la leyenda, que Rea Silvia se encontraba durmiendo en la orilla de un río y el dios Marte se quedó prendado de ella, la poseyó y la dejó embarazada. Como consecuencia de esta unión, Silvia tuvo gemelos a los que posteriormente llamó Rómulo y Remo. Antes de que el rey Amulio se enterara del suceso, colocó a sus hijos en una cesta en el río Tíber para que no sufrieran el mismo camino que sus tíos. La cesta embarrancó. Los pequeños fueron amamantados por una loba, Luperca, y más tarde recogidos por el pastor Fáustulo y cuidados por su mujer, Aca Larentia. Se decía que habían sido educados en Gabio, centro cultural del Lacio; más tarde se dedicaron al bandolerismo.

Cuando crecieron descubrieron su origen, por lo que regresaron a Alba Longa, mataron a Amulio y repusieron a su abuelo Numitor en el trono. Éste les entregó territorios al noroeste del Lacio. En el 753 a. C. los dos hermanos decidieron fundar una ciudad, según el rito etrusco, en ese territorio, en una llanura del río Tíber en el preciso lugar en donde embarrancó la cesta.

También en la Biblia aparece la historia de Moisés, abandonado en el río y recogido por los faraones egipcios, dando un giro completamente a su vida.

En este apartado también podríamos incluir “El libro de la selva” de Kipling, cuyo personaje también es abandonado y, como en el caso de Rómulo y Remo, criados por animales en un entorno diferente al habitual.

También tenemos casos de niños abandonados, que han tenido que salir adelante solos o con algún adulto que se ha aprovechado de ellos, en los cuentos populares. El ejemplo más claro es el de “Hansel y Gretel” de los Hermanos Grimm.

Otros ejemplos son “Lazarillo de Tormes“, “Oliver Twist“ de Charles Dickens, “Rinconete y Cortadillo“ de Miguel de Cervantes, el tradicional cuento de “Pulgarcito“, “Momo“ de Michael Ende, etc.

Pero podemos encontrar muchos más ejemplos en la literatura ya que ésta era el reflejo de lo que sucedía en la vida real, donde el infanticidio o el abandono de niños eran prácticas muy habituales, desgraciadamente.

La temática en estos mitos o cuentos se trataban desde un punto de vista diferente a cómo se haría ahora. Eran realidades sociales que, ni mucho menos estaban aceptadas, pero que se asumían y admitían sin más.

Otro bloque estaría formado por niños que han vivido una guerra o sus consecuencias. Dos libros de las lecturas principales tratan este tema en ambientes diferentes pero mostrando cómo la guerra puede acabar con la bonita etapa infantil para siempre. En un caso es algo irrevocable y en el otro tiene la consecuencia de la madurez forzada de la protagonista (entre otros muchos más pesares):

“El niño del pijama de rayas” de John Boyle y “Bajo la fría luz de octubre” de Eloy Cebrián.

Dentro de este grupo, hay que hacer una mención a diarios escritos por niños o jóvenes que han vivido una guerra y que no son ficción, sino sus propias experiencias contadas. “El Diario de Ana Frank” o “El Diario de Zlata” (guerra de Yugoslavia 1991). Este último y su gran éxito provocó la publicación de “Voces robadas”; libro que reúne los testimonios contados en primera persona por jóvenes protagonistas que han vivido una guerra, desde la Primera Guerra Mundial hasta Irak.

“La ladrona de libros” de Markus Zusak narra la historia de una niña alemana de nueve años que es dada en adopción por su madre.

Otro ejemplo sería “Casa sin techo” de la autora holandesa Els de Groen. Cuenta como la adolescente Aída, de 15 años huye de la Guerra en Bosnia después de que su madre ha sido apresada.

En estos libros, el tema es tratado con mucha más delicadeza y con más sentido crítico que algunos de los libros del bloque anterior.
La infancia y sus derechos cobran mayor importancia y los autores pretenden sensibilizar al lector mostrándoles las injusticias que padecen los niños.

El último de los grupos sería el de los niños excluidos o marginados por su condición social, religiosa o física. Es el caso de “El tiempo y la promesa”, cuyos protagonistas judíos viven la expulsión de su país y el rechazo de sus gentes.

Con una temática más actual y diferente al libro de Concha López Narváez tenemos el libro titulado
“Chocolate amargo” de Mirjam Pressler, que nos cuenta la historia de una adolescente que tiene que sufrir humillaciones en el instituto a causa de su físico y donde se ponen de manifiesto los problemas alimentarios que sufren los jóvenes de hoy en día.

“¡No es tan fácil ser niño!” de Pilar Lozano Carbayo trata el tema del acoso escolar en las aulas, otro tema tan triste como actual.

Con estos libros, los autores tratan de acercar los problemas de los adolescentes actuales a la literatura para denunciarlos y poder acabar con ellos.


A partir de este itinerario pueden rastrearse infinidad de libros aptos para ser leídos por alumnos de secundaria, y debido a la gran variedad de títulos en los que este tema es tratado de una forma directa o indirecta, podemos acercarnos a todas las épocas literarias, consiguiendo por un lado cumplir con unos criterios académicos y por otro, concienciando al alumnado con problemáticas reales y actuales, con el fin de poder educar en valores y consiguiendo que estos alumnos lleguen a formarse como mejores personas, que al fin y al cabo, a mi juicio, es lo que hay que pretender con la Educación.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Edipo. Una trilogía.

Un escenario de unos quinientos metros cuadrados podía haber dado más de sí para interpretar estos clásicos de Sófocles, si hubiera sido el mismo Sófocles quien hubiera realizado su versión de estas tres tragedias veintiséis siglos después. Quizás con un coro de quince personas en la orquestra, los tres actores que él mismo introdujo a las representaciones y la escenografía y los decorados elaborados por él, se hubiera conseguido una representación menos efectista y más acorde a lo que de un clásico puedes esperar.

La representación, de dos horas y media, en la que se versionan las tres tragedias de Sófocles cuyo protagonista es el héroe clásico Edipo, se concibe como una trilogía a la manera de Georges Lavaudant, en la que a partir de Edipo Rey, Edipo en Colono y Antígona se cuenta el mito de Edipo, sus circunstancias y sus desgraciada consecuencias que le conducen a su ya conocido funesto destino.

El texto de “Edipo. Una Trilogía” es un texto denso y bastante fidedigno en las partes que se han tomado de las tragedias versionadas, sin embargo, se han introducido algunos giros del habla cotidiana, quizás con el fin de ser más inteligible para el espectador del siglo XXI que no ha leído a Sófocles y, por qué no, para hacer más amenos los diálogos y monólogos, interminables algunos.
En cualquier caso, se han acortado partes muy relevantes de la tragedia por falta de tiempo y para que la historia tenga un ritmo más rápido. En la parte final de la obra, parte que ocupa la versión de Antígona, se ha cambiado el texto original ya que Hemón, hijo de Creonte y Eurídice, no es el marido de Antígona, sino su pretendiente.

En la representación en sí, si que se han mantenido características típicas de la tragedia griega como por ejemplo, varios actores interpretan varios personajes (aunque el elenco es de bastantes más que de tres actores), hay personajes que están en escena y no dicen una palabra y las partes más trágicas son narradas por personajes para que el espectador no las vea con sus propios ojos. En este punto, cabe señalar que no son mensajeros quienes nos las cuentan, sino personajes con cierta relevancia, como Ismene o Polínices, hijos ambos de Edipo.

La escenografía es quizás lo más innovador en esta obra teatral. Siempre hay un escenario, con una pantalla y, en momentos puntuales, sobre ésta, se proyectan imágenes que nada tienen que ver con la historia y que dan un toque de anacronismo constante con lo que en el texto nos relatan (de esta manera, mientras que Edipo está ocupado con su resis, maldiciendo al asesino de Layo, en la pantalla aparece una ciudad con edificios devastados y en ruinas y perros muertos entre los escombros, o más avanzada la historia, una taza de café en un primer plano y también coches y mapas de ciudades aparecen sobre el improvisado altar que a veces hace de altar y otras de Palacio y no deja de ser el escenario que hay dentro del propio escenario).

Con pequeñas variaciones en la escenografía es como llega a conseguirse el espacio múltiple de la obra: diferentes habitáculos, diferentes ciudades y diferentes tiempos, que son conseguidos con pequeños cambios en la utilería, a veces, excesivamente moderna para la época, ya que en la parte final de la obra, pueden verse aparatos tales como teléfonos, televisores, lámparas y máquinas de coser.

Son los espacios que originan las variaciones en el tiempo cronológico de la obra, los que dan a la representación los distintos niveles del tiempo tal y como contempla G. Barrientos en su obra “Cómo comentar una obra de teatro”; por un lado tenemos el tiempo patente o escenificado, por otro el latente que transcurre durante la obra sin que podamos verlo, como la guerra que se produce entre los dos hermanos hijos de Edipo, y el ausente, que en Edipo se materializa cuando los personajes narran los hechos fatales que ocurren fuera del campo visual del espectador.

Si mencionamos a las dimensiones del teatro, en cuanto al espacio se refiere, podemos encontrarnos con la ruptura de la separación entre el espacio escénico, el dramático y el espacio de la sala, con actores que interpretan fuera del escenario e incluso podemos decir que llegan a romper la cuarta pared, dirigiéndose a los espectadores en sus largos monólogos y solicitando la opinión, la súplica o el perdón de los espectadores que observamos impasibles, su drama. El drama o mejor dicho, tragedia de toda una saga familiar, que pese a los años, directores y actores que la han hecho suya, aún sigue llegando al espectador, consiguiendo de él su propia catarsis, ya tenga ésta la intención de mitigar o entender el dolor, comprenderlo o simplemente, mirarlo y admirarlo con cierta distancia y pensar para uno mismo…que es una muy buena obra de teatro.

lunes, 13 de julio de 2009

Menos rosas (Mahmud Darwish)

La poesía de Mahmud Darwish en Menos rosas es una poesía profunda y angustiosa que pertenece a la etapa de madurez del poeta palestino.
Nos encontramos a un poeta que cae en la desolación, que grita contra las injusticias y que quiere que su grito de desesperación sea escuchado y traspase las fronteras, incluso que se llegue a universalizar y no ha etiquetar en su causa, en su Palestina.

Se trata de de un poemario compuesto por cincuenta poemas en los cuales el título de cada uno de ellos es tomado de la primera frase con la que empieza el poema. (Es preciso destacar que existe un poema que no toma su nombre de las primeras palabras del verso, sino que tiene un título diferente, se trata de Despedida para lo que vendrá.)
Este hecho, al igual que la forma de algunos de ellos, da una sensación de descuido por parte del autor o por el contrario, de ser esclavo de un onirismo pleno que no deja al poeta descanso alguno. Posiblemente, por lo que comentan críticos de renombre, estos poemas no son fruto del azar o de la espontaneidad, sino que están perfectamente concebidos, su comienzo, su estructura, su forma de ser concluidos… e intrínsecamente unidos a ese deseo del autor de ser tenido en cuenta, de que su poesía sea leída y de que pueda servir para algo.

Utiliza un lenguaje rico en metáforas, incluso en ocasiones, el poema en sí versa sobre alguna de ellas, desarrollándolas. Son muy frecuentes en su vocabulario poético las rosas, el camino, el trigo, las espadas, la luna, las nubes, el viaje, la tierra, las palmeras, el mar, el relinchar de caballos, las tumbas, los pájaros, la cárcel… Es evidente que cada vocablo tiene su sentido y el hecho de que sean tantas veces repetidas nos dan una premisa que sostienen todos aquellos que estudian la poesía de Mahmud Darwish, y es que se trata de un poeta con una obsesión: la opresión que sufre su pueblo. Por ello, las palabras que utiliza se mueven entre la dualidad de la libertad frente a la opresión, la vida frente a la muerte, la esperanza contra el desahucio.

Es un poeta que sufre por su tierra, por los problemas políticos que acaecen en su patria. Y no sólo los sufre con el corazón y el alma, sino que también los ha sufrido en su cuerpo; ha vivido la expulsión, el exilio y la cárcel, y estos detalles autobiográficos también quedan reflejados en su obra. Del mismo modo que queda reflejado aquellos lugares que han significado algo en su vida: Galilea (En el camino hay otro camino), Damasco (¿No puedes apagar la luna?, La flauta ha llorado, Fechamos nuestros días con las mariposas, En Damasco hay un Damasco), Palestina (En esta tierra, Yo soy de allí), Beirut (Por primera vez ve el mar), Córdoba (Representa mi último papel, Si pudiera volver a empezar)

A pesar de hablar desde la tristeza y la nostalgia, sus versos son delicados, finos, sutiles y de una gran belleza (El último tren se ha parado en el último andén, y nadie salva a las rosas. Ninguna paloma se posa en una mujer de palabras […]). Otras, en cambio, opta por un lenguaje más desgarrador, un tono más vigoroso y combativo, como en Ladrones de tumbas o Me quieren muerto.
En cuanto a la forma poética utilizada, Mahmud Darwish utiliza la prosa poética, la métrica árabe o el verso libre, según su gusto y necesidad, confiriendo a cada poema un estilo diferente, que les hace únicos y que de este modo expresa de la mejor manera posible aquello que el autor siente la necesidad de contar.

El universo de Mahmud Darwish es fácilmente reconocible, evoca paisajes abiertos, caminos por recorrer, travesías marítimas a dónde llegar. También canta a la justicia, suspira por lo perdido, pide clemencia y busca respuestas. Sobrecogen de especial forma los versos finales de He visto la última despedida, “… Pero aún no veo la tumba. ¿No tengo derecho a una tumba, después de todas estas fatigas?”, donde el poeta, exhaustado, parece no ver salida al destino que le espera a su patria y a su propio ser. Se trata de la completa desilusión y la pérdida de esperanza plena que se ha hecho verso y que resume la desolación de una persona que lucha desde lejos, en la distancia y con una única arma: su poesía.

martes, 7 de julio de 2009

Poemas amorosos árabes (Nizar Kabbani)

Enfrentarse a leer poesía no es tarea fácil, por lo menos para mí. Aún menos si posteriormente tienes que tratar de escribir un comentario a lo que has leído, o mejor dicho, a lo que has comprendido del texto que tienes en tus manos; de un cúmulo de poemas que no siguen la estructura lógica de planteamiento, nudo y desenlace derivada de la estructura clásica presentada por Aristóteles como Prólogo, Episodio y Éxodo, tan estereotipadas en la novela.

Por otro lado, me parece cruel tener que sonsacar de lo escrito por un poeta reconocido (o no, si no fuera el caso), y escudriñar en sus más profundos sentimientos para analizar y materializar aquello que dice estrofa a estrofa, verso a verso y ni tan siquiera, en el mejor de los casos, acercarte un ápice a lo que en realidad quería plasmar desde sus más íntimos pensamientos.

Por supuesto, que cuando sentencio aquí de esta manera, me estoy refiriendo a mí misma y no a todos los críticos, estudiosos de la materia y literatos que no se enfrentan con miedo a la poesía, que la comprenden, la aman y la interpretan para que personas como yo, podamos estudiarla de una forma más cómoda, sin tanta implicación, para entenderla un poquito o por lo menos para disfrutarla en su lectura.

Dicho esto, voy a comenzar a hablar del libro de Nizar Kabbani y sus Poemas Amorosos Árabes en un intento de acercarme al místico y filosófico mundo de la poesía, intentando que las obviedades en que pueda caer no sean reiterantes y que lo que pueda interpretar o lo que los poemas me hayan podido sugerir, no roce demasiado lo necio o lo vulgar.

Tengo que empezar con la primera obviedad de la que prometía alejarme en el párrafo anterior y es en lo que respecta al tema central de este libro de poemas, ya que no se puede decir otra cosa que no sea que Nizar Kabbani habla del amor por encima de cualquier otra cosa.
Habla de un amor en estado puro, del amor que se siente en ese preciso instante y no de un amor que pasó y aún queda en el corazón, doliendo. Kabbani nos habla de un amor que siente en ese preciso momento y no es un amor perecedero, porque es palpable (o por lo menos esa es la impresión que me da) y se siente, aún cuando se lee algunas décadas después. Está presente, y esto sucede aunque la amada no lo esté, como en los poemas de Canción para una viajera, Teléfono o Nochevieja en Madrid…

Utilizando los colores en sus versos, “ropas amarillas […], rojos vestidos” (Más grande que todas las palabras), produce que la sensación al leerlos, sea una sensación de alegría, de bienestar y, en definitiva, un estado de ánimo estable, que nada tiene que ver con el desasosiego que en otras ocasiones nos provoca el amor, o la sensación de enajenación que podemos percibir en otros poetas “enamorados”.

La amada es engalanada en sus versos con palabras que la cubren de honra, a ella se refiere como amada, princesa, señora, gatita, pequeña, amiga… todos estos adjetivos o sustantivos la confieren un aire de supremacía frente al poeta, pero a la vez de una complicidad entre ambos que conduce a la reciprocidad de las palabras y de las acciones, quedando patente que el amor que se profesan es mutuo, es un canto al amor, a la felicidad que provoca el estar enamorado y lo que es aún más importante, al ser correspondido.
No por ello dejan de acompañar al poeta esos sentimientos tan adheridos al amor como son la nostalgia, la melancolía o la tristeza, intrínsecos en el propio amor y sin los cuales el amor no sería precisamente lo que es: una dualidad constante entre el sí y el no, entre el tener y el no tener.

Podemos decir que los protagonistas de los Poemas Amorosos Árabes son el mismo poeta y su amada, si es que no hubiera más de una, como ya apunta el traductor y prologuista de la edición, Pedro Martínez Montávez.
Se trata de una amada de hoy en día, una amada afrancesada (como pueda ser la Janine de Existencialista), una amiga que fuma, toma un café, comparte lecturas, una mujer caprichosa (A una vendida) o una Sherezada vanidosa (Como todas las mujeres).

Incluso en estos dos últimos poemas citados, en los que no alaba las características más “virtuosas” de la mujer, sino por el contrario, ataca el lado más sibilino, perspicaz y orgulloso de sus amantes, el poeta se inclina ante el amor, no renuncia a él e incluso lo denomina “la octava maravilla”.
Refleja una personalidad fuerte, abrumadora, inquebrantable pero a veces, se escuchan también sus lamentos. Y entonces, evoca a los ojos, a las manos y a las palabras de su señora.

Merece ser destacado, sobre todo por el desconcierto que produce al leerlo, el cambio de rol que experimenta el poeta en Cosas pequeñas, en el que en lugar de hablar por sí mismo toma la voz de la amada y el poema es escrito en femenino, lo cual hace (por lo menos en mi caso) llegar a pensar en posibles errores en la traducción que pronto se desechan al encontrar otro poema escrito de igual manera, Palabras.
La interpretación que le puedo dar al respecto tiene que ver con la reciprocidad de la que antes hablaba. El poeta está tan seguro del amor que profesa que se le da la vuelta, y tiene el valor de decir lo que la amada también siente por él. Es la valentía del enamorado, el mayor acto de valentía que provoca esa plenitud emocional. Kabbani no necesita que se lo digan porque está enamorado y sabe lo que experimenta él y lo también experimenta la persona amada. Se siente reflejado en sí mismo y de esa manera es capaz de expresarlo.

Pero en el amor la duda siempre sobrevuela nuestras cabezas y quizás sea eso lo que el poeta trata de transmitir. No es la seguridad antes mencionada, sino puede que sea precisamente su contrario, y de miedo que siente, lo plasma para insuflarse el valor que ha perdido, para auto convencerse de que sí, de que es amado aunque esté débil y sin fuerzas o incluso haya caído en la más profunda desesperación. Esta segunda interpretación podría encajar más con el poema Cosas pequeñas, así como la primera para Palabras, por su tono quizás, o por su evocación a las alturas; a las nubes, a los cielos y a las plumas que sitúan al poeta como si tuviera la perspectiva de ver desde otro punto de vista, más objetivo, más racional.

Si hablamos del lenguaje poético podríamos decir que no se trata de una poesía con mensajes encriptados y metáforas abruptas, sino una poesía llana, que apela a los sentidos, que distrae al corazón y que le alienta.
Las palabras con las que juega son cotidianas, amables, cercanas… y confieren al poemario una sensación de armonía que se conjuga con el colorido de las piedras preciosas, de las telas, del mar, de los ojos y del cabello de la mujer, de las estrellas y de las flores de los jardines que tan presente están en esta obra.
Percibiendo también cierta sofisticación, exotismo y un aire cosmopolita en algunos de sus pasajes, donde mezcla palacios de oriente con elementos castizos madrileños, el París más hippie con la noche en Hong Kong o lugares fantásticos (Simbad el marino, la lámpara de Aladino) con la España andalusí.

Para terminar, me gustaría hacerlo reescribiendo el poema que más me ha llegado de todos ellos y que resume lo que para mí es la esencia de los Poemas Amorosos Árabes de Nizar Kabbani. Se trata de Poema marítimo.




Poema marítimo.

En el puerto azul de tus ojos
se oyen las palabras de la luz
y el gotear de la lluvia,
y las velas se pierden en la nada
bajo soles borrachos.

En el puerto azul de tus ojos
se abre una ventana hacia los mares,
y cruzan gaviotas que persiguen
islas inexistentes.

En el puerto azul de tus ojos
cae la nieve en estío,
y mil barcos repletos de esmeraldas
han hundido los mares,
sin hundirse.

En el puerto azul de tus ojos
salto, igual que un niño, por las rocas,
me lleno de salitre los pulmones,
y regreso cansado,
como un pájaro.


En el puerto azul de tus ojos
sueño en ser marinero de los mares,
y pescador de las lunas,
de nardos y perlas.
En el puerto azul de tus ojos,
de noche, hablan las rocas.
En el libro cerrado de tus ojos,
¿quién escribió tantísimos poemas?

Si fuera,
si yo fuera marinero,
anclaría cada noche con mi barco
en el puerto azul de tus ojos.